BAILANDO MIENTRAS LA VIDA ALCANCE
Por Mondragón Carrillo Brenda
La mirada coqueta y los contoneos seductores la distinguían, su vestido blanco y ligero acompañaba lo sutil de sus movimientos. Y en la mente penetraban los acordes de un buen danzón. Una sonrisa no cabía en su rostro, mientras murmuraba “ hay que bailar, nos mantiene alegres y saludables, hay que bailar mientras sigamos vivos”. Las zapatillas doradas cobraban vida en sus pies, su pareja la llevaba, la traía, la bailaba. Y la dama de blanco no dejaba de sonreír.

Como todo buen sábado, el desfile de los amantes del baile comienza. La Plaza de la Ciudadela se engalana al recibir a los alegres bailarines, que con sus mejores trajes, recuerdan que en baile la edad no cuenta. El cielo nublado y amenazante no importó. Salsa, danzón, mambo y hasta rock & roll cubrían el silencio de la Plaza.
En pareja o grupo, el baile callejero es observado por más de un curioso. Con las manos en los bolsillos de su pantalón café, un caballero miraba tímidamente a los danzantes, sus pies inquietos demostraban el deseo por integrarse al jubilo del bailoteo. Mientras tanto al ritmo de una cachonda salsa, los asistentes presumían sus mejores pasos.
Ordenados, formaditos y al ritmo de la música, un grupo escuchaba al maestro, “izquierda, vuelta, derecha, izquierda, con ganas, vuelta”, unos atendían perfecto a las instrucciones, otros confundían a la izquierda por la vuelta, pero no importaba, seguían sonriendo y lo volvían a intentar.
Al lado, inerte y permanente, la estatua de un personaje histórico parecía también admirar los bellos movimientos de los bailarines. Los árboles se movían, danzaban al par con los asistentes y mientras la abuela disfrutaba un buen danzón, la nieta saboreaba y se chupaba los dedos con unos chicharrones bañados en salsa.
Caía la tarde. Adultos canosos, adolescentes radiantes y niños impacientes salían de los alrededores y tomaban su camino, unos a bailar salsa, otros a mover el cuerpo con un rico danzón. Los rituales mágicos del baile funcionaban como una droga, así lo describía Don Silverio, “si tienes penas o deudas, vienes, bailas y se te olvida, aunque sea un ratito, es como las drogas o una buena borrachera, jajaja”.
Una larga cabellera negra y lacia se deslizaba, su dueña, una sensual mujer vestida de noche, abrazaba a su caballero, sus miradas nunca se alejaron, enamorados aprovechaban los sonidos del jamás pasado de moda danzon. Comenzó a caer la lluvia, pero no importó ni asustó a los ágiles bailadores.
Protegidos bajos lonas amarillas y rojas, los asistentes se aplaudían, se animaban y pedían la siguiente pieza. “Su cooperación es voluntaria señores, y sigamos bailando”, anunciaba aquel encargado de poner los discos. Entre la multitud los elegantes caballeros y las seductoras damas se besan, parece ser que el ritmo y las letras del danzón los inspiraba.
Al otro lado de la plaza, un grupo movía las caderas al ritmo de la sabrosa salsa. El maestro indicaba los pasos, ahí las diversas edades y generaciones se hacían presentes. Al frente dos nenas, de menos de diez años, ponían el ejemplo, movían la cintura alzaban las manos y sacudían los pies. A su lado un joven de unos setenta y tantos años, no se quedaba atrás, atento escuchaba las instrucciones, seguía los pasos y disfrutaba el zapateo.
La lluvia bailaba acompañada por el viento, las hojas de los árboles caían, mientras éstos contoneaban sus ramas. La tarde comenzaba a cubrir la plaza, el día amenazaba con terminar y algunos elegantes asistentes comenzaron a retirarse. En su rostro se reflejaban los gestos de satisfacción y también de cansancio.
Ante la mirada de curiosos y tímidos que no se decidieron a danzar, el sábado bailador transcurrió al ritmo de los viejos y nunca olvidados sonidos mexicanos. Con más de cinco años de antigüedad, la Plaza de la Ciudadela sigue siendo un espacio al aire libre, en donde los gustosos del baile demuestran y enseñan su estilo y gracia para mover el cuerpo.
Una vez más la dama de blanco se distingue, y un poco despeinada comentó “mientras nos alcance la vida aquí estaremos bailando”, después su silueta clara se alejó poco a poco de la academia de baile callejera, hasta perderse totalmente. Y así, en la llamada Plaza del Danzón, primeras, segundas y terceras edades se conjuntaron para el ritual del baile. El próximo sábado es la sígueme cita y todo, todo esto, es mientras haya vida.
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